Hello darkness, my old friend

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Recientemente he terminado la carrera. Quizá por eso “El graduado” me ha impactado tanto. Siempre había pensado que la película hablaba del amorío de un jovencito con una señora casada, pero esto en realidad es lo de menos. Qué poco pinta la pobre Mrs. Robinson. No, aquí se nos habla de juventud confusa, de metas vitales y de valores en crisis. Nichols expone muy bien la ofuscación de un estudiante que ya no estudia, así como el nulo entendimiento con la generación de los padres y su modo de vida. Un muchacho de buena familia, hijo único, acaba una etapa y se queda en blanco, perdido en las expectativas sociales y las contradicciones del mundo adulto. Apenas le da tiempo a celebrar su graduación o disfrutar de su coche nuevo cuando todas las amistades de sus padres ya le están agobiando y preguntando por sus planes de futuro (qué agradable), unos le hablan de trabajo y otros de aprovechar el momento. Antes de darse cuenta se le ofrece la perfecta evasión a sus problemas encarnada en la señora Robinson. Qué mejor manera de dejar de dudar entre matricularte en un máster o buscar trabajo que convertirte en el amante de la mujer de un socio de tu padre, con las comeduras de cabeza que eso conlleva.

La historia de Benjamin Braddock no es una historia de amor, es una historia de procrastinación. Él mismo se lo dice a sus padres al final de esa silenciosa cadena de imágenes saltando al vacío, saltando a la piscina, saltando a la señora Robinson: Qué bien se está a la deriva. Aunque en realidad es sólo la excusa que pone para evitar el miedo de tomar una decisión. No se está tan bien a la deriva, pero Ben, igual que nos pasa a muchos, prefiere la deriva a la vida a la que le encarrilan los adultos que le preceden, con los que no hay comunicación, ni admiración. Precisamente esta actitud piscinesca desencadena una Típica Charla de Padre en la que Ben es reprendido porque tomarse un descanso después de un duro trabajo está bien pero tampoco hay que pasarse. Una vez más, las normas que le plantean los mayores son bastante arbitrarias, lo que se hace patente cuando aparecen encima de él las cuatro siluetas homogéneas a contraluz de sus padres y los señores Robinson. En cuanto se le presenta ocasión se escuda en subterfugios, se complica la vida por derroteros que no impliquen estudiar o trabajar, por los que pasa sin realmente planteárselo, se deja llevar igual que en la colchoneta de su piscina, igual que conduce veloz con su Alfa Romeo regalo de graduación. Y en cuanto nota que Mrs. Robinson no es una distracción suficiente, se enfada. Es como todos esos días que te levantas tarde, no haces nada y por la noche la ansiedad y la culpa no te dejan dormir.

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Primero se enreda con la madre y después se enreda con la hija. ¿Se enamora de alguna? No, más bien se fascina con la idea de olvidarse de lo demás. Cuando se ve obligado por sus padres a salir con la hija de los Robinson cae a la piscina: se tira al vacío otra vez. Ben escoge la tercera puerta, la caja sorpresa. Como ya no puede contentar a sus padres con su carrera se congracia con ellos diciéndoles que se casa. Pero no hay más boda que la loca idea de irse de casa a perseguir a una chica que en ese momento le odia. Persigue un imposible para mantener la cabeza ocupada. Precisamente Elaine está en una situación de ofuscación juvenil similar a la de Ben, pero en el papel de la mujer de entonces, y en el horizonte se le presenta un matrimonio con un chaval cualquiera que parece no importarle demasiado. Al final ella se enreda también y la película se convierte en una huida hacia delante.

A todo esto los adultos siguen sin entender nada. Los señores Robinson raptan a su hija y la obligan a casarse con aquel chaval cualquiera. Ben corre para evitar la boda de la que quería ser protagonista pero no lo consigue e interrumpe una ceremonia que ya se ha celebrado. Esto no evita que Elaine le corresponda y la cosa desemboque en una escena digna de la mejor película de zombies: Los asistentes se arremolinan intentando impedir la fuga de la novia, a lo que Ben agarra un crucifijo que utiliza para espantarlos y, una vez fuera, atrancar la puerta con él, dejando encerrada a la masa enfurecida. El plano final es abrumador. La pareja, en los últimos asientos del primer autobús que pasaba, mirando al frente después de las risas iniciales, ni siquiera van cogidos de la mano. En sus caras se van imponiendon la mirada de las mil yardas y expresiones de “¿Pero qué he hecho? ¿Qué narices voy a hacer ahora?”mientras vuelve a sonar The sound of silence: “Hello darkness, my old friend”. Se acabó, ya no hay distracciones y seguimos siendo miserables.

Por eso esta película funciona tan bien hoy, porque lo que nos presenta no ha cambiado. Quizás el contexto no sea el mismo -la familia Braddock no parece tener los problemas económicos que tienen muchas familias con hijos graduados ahora en España, y seguramente las colas del paro tampoco es una de sus preocupaciones- pero los sentimientos de confusión, soledad e incomprensión de los jóvenes con sus mayores son universales. El conflicto entre la juventud y la vida adulta, con sus reglas y su hipocresía, es algo con lo que nos toca lidiar a todos.

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Bob’s Burgers y la familia

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Bob’s Burgers. Loren Bouchard.

No soy una persona que tenga en mucha estima el concepto de familia (entendida concretamente como la familia tradicional occidental). Por motivos ideológicos y por traumas personales también, cómo no. Pero Bob’s Burgers me ha devuelto la confianza. Los protagonistas son los Belcher y sus relaciones, y envidio hasta la médula sus relaciones. Linda y Bob (los progenitores), Tina, Gene y Louise (la descendencia) son creativos, graciosos, ridículos y críticos, todo en la combinación precisa para ser adorables. No hay drama insalvable ni euforia mantenida en su vida, a veces se ayudan y a veces se ríen de la desgracia del otro. A fin de cuentas, personas que me encantaría conocer. Cada capítulo que veo me planteo que así tendría que ser y que si no va a ser, para qué. Sólo quiero experimentar la maternidad si es con momentos como los que hay en Bob’s Burgers.

Por poner un caso, en el capítulo tres de la séptima temporada hay una escena que de hilarante es enternecedora. Bob le dice a Linda que es incapaz de guardar secretos, recordando aquella vez que al llegar tarde a una fiesta se disculpó delante de todos diciendo que su marido tenía diarrea. Ella, sin dolerse lo más mínimo, al volver del flashback ya está rapeando (y pedorreando) una canción sobre la diarrea y al acabar su hijo Gene, emocionado, le dice “Te quiero, mamá”.

La diarrea es lo de menos aquí (aunque conecta directamente con mi sentido del humor y eso influye), lo esencial es la actitud creativa y despreocupada de la madre y la reacción que causa en su hijo. Ese intercambio de originalidad y sentimentalismo sinceros es lo que hace envidiable a esta familia. Unos padres accesibles que logran un ambiente doméstico sin miedo al ridículo donde los hijos exploran la expresión del arte y la broma de la que sus propios padres hacen gala. Una familia donde puede que elogien sus ocurrencias o puede que se burlen, pero en ese caso qué más da, su madre canta a la diarrea.

Linda: “Running down the gutter
With a piece of bread and butter
Diarrhea, diarrhea.

Some people think it’s funny
But it’s really wet and runny
Diarrhea, diarrhea.

Sorry we’re late, Bob had diarrhea.”

Gene: “Oh, I love you, mom”.

Personal teenage hit

Directamente inspirado por el post colaborativo de Flamenca Stone Personal Teenage Hit.


Beyoncé ft. Jay Z – Crazy in love (Dangerously in love, 2003)

Desde que nací he vivido de un lado para otro, cambiando de casa y de colegio. Mi pubertad fue una consecución de ensayos y errores intentando integrarme en las mecánicas de grupo. Sabía que había que tener gustos concretos para hablar de ellos con las otras niñas en el colegio, escoger el Back Street Boy que te gustaba, decir si Bustamante o Bisbal, y despiezar las revistas para forrar tu carpeta y las paredes de tu cuarto. Recuerdo recreos intercambiando fotos repes de las Spice Girls, compitiendo por ser la que mejor cantaba el tema de Compañeros o escuchando las canciones de La oreja de Van Gogh que había cargado en mi mp3 no sé muy bien por qué. Bueno, sí lo sé, porque para mi yo adolescente era “lo que había que hacer” -por suerte para mis padres y sus arrendadores nunca me dio por los posters-. De niña, cuando me quedaba a dormir en casa de mi amiga Laura y ella ya se había cansado de las muñecas, hacíamos coreografías para Genio atrapado de Christina Aguilera o alguna de Britney Spears (yo había decidido ser team Christina).

No puedo decir que lo pasara mal pero para mí era más una cuestión de dinámica social. Me esforzaba para encajar una y otra vez. Por eso cuando vi por televisión esa maravilla que es el videoclip de Crazy in love a mis 14 años me di cuenta: Podía tener gustos de verdad. Contemplaba boquiabierta la pantalla. El coche en llamas, las miradas, los pasos de baile y ese vestido naranja y rosa que extrañamente combinaba tan bien. Quería estar ahí, quería ser así. Ser mujer molaba y Beyoncé vino a decírmelo. Por primera vez sentí admiración genuina por algo que yo misma había descubierto. Mis gustos contaban y mi identidad tomaba forma. Aún hoy se me hace un nudo en el estómago al verlo.

Last woman on Earth

The last man on Earth. Will Forte, 2015.
The last man on Earth. Will Forte, 2015.

No sé a quién le oí hablar de The last man on Earth, la serie, que estaba muy bien, lo típico. La otra tarde me puse a ver el primer capítulo: Un hombre solo en todo el planeta (o en todos los Estados Unidos) va con su furgoneta buscando señales de vida hasta que se rinde y regresa a su pueblo, al vecindario rico, cargado con obras de arte y objetos de museo para decorar su nuevo hogar en el nuevo mundo -este detalle me gustó mucho, yo también aprovecharía para rapiñar cuadros-. Al principio lo lleva bien pero al pasar los meses el hombre pierde la cabeza y las formas: olvida todo interés por la higiene, tiene la casa plagada de desperdicios, destroza los comercios y utiliza una piscina como váter. Es una situación desesperada pero en ningún momento se plantea así, es una comedia y el protagonista, con sus virtudes y sus defectos, es un tipo carismático que genera empatía con el espectador. Incluso hace referencias al balón Wilson de Náufrago. Vale, es divertido.

Cuando el protagonista está en plena crisis por su soledad, presentan al segundo personaje: la última mujer del planeta. Reconozco a Kristen Schaal, actriz que también ha dado voz a personajes como Mable (de Gravity Falls) o Louise (de Bob’s Burgers), y me entusiasmo. Aunque en el mismo momento del entusiasmo están haciendo un chiste sobre lo fea que es la última mujer del planeta. Se me borra la sonrisa de la cara. El protagonista lleva todo el capítulo lamentándose de la falta de compañía femenina (por motivos sexuales) y encima es Will Forte (meh) lleno de mugre. Pero el “no la toco ni con un palo” que no falte. Entonces veo anonadada cómo relegan el personaje de la mujer y lo presentan totalmente ajeno y fuera de esa empatía que había entre el espectador y el hombre. Ella está empeñada en imponerle límites (algunos razonables y otros no) y ridículamente preocupada por las normas de tráfico en un mundo en el que ya no hay tráfico. Está escrita para reírse de ella y no con ella. Llega a tal punto que, a pesar de haber sobrevivido sola todo este tiempo, cuando está con el hombre de repente necesita su ayuda porque ella es incapaz. Es él el que tiene que llevar a cabo la tarea (de manera muy poco eficaz, lo que agrava la imagen inútil de ella).

The last man on Earth. Will Forte, 2015.
The last man on Earth. Will Forte, 2015.

Se repite el cliché de las comedias románticas americanas: chica exigente y trabajadora obliga a su novio a “madurar”, dejar los porros y los videojuegos so pena de abandonarlo, pero hasta el momento tampoco lo ha hecho porque sigue siendo dependiente de él y de las esperanzas que tiene en que por fin cambie y se haga “un hombre”. La mujer es fría e intransigente porque tiene ambiciones, es distante; el hombre es irresponsable pero gracioso, aún siendo un perdedor cae bien al público y al final entra en vereda. Aunque esta diferencia en la relación con el espectador viene de lejos, cuando se presenta en un marco postapocalíptico el significado se distorsiona totalmente. Dentro de un sistema socioeconómico como el estadounidense es lógico (dentro de lo que cabe) imponer el esfuerzo en la carrera profesional, formar una familia convencional y tener “éxito”. Cuando ese sistema ha desaparecido ya no tiene ningún sentido, no hay recompensa ni motivación para seguir las pautas establecidas en una sociedad que ya no existe. La mujer exigente y recelosa de las normas pierde toda su razón de ser y nos parece absurda. Frente a ella, vemos al hombre despreocupado e incompetente más razonable y cercano de lo que realmente sería en una situación así (yo sí he pensado varias veces qué protocolo seguiría en un mundo postapocalíptico y os puedo decir que desde luego no hay nada de hacer caca en una piscina) dejando muy claro que no comparte su postura. Él guarda en casa unas cuantas revistas porno. Cuando ella las ve muestra su desaprobación dando a entender que a pesar de llevar meses en solitario no tiene ningún deseo sexual (todo el mundo sabe que a las mujeres no nos gusta follar) y en cambio él lo expone como lo más natural del mundo. Ella quiere repoblar la tierra pero pone como condición insalvable el matrimonio y él le explica (y sobreexplica al público) que es ridículo, porque a ver quién narices los va a casar.

El problema aquí no es la verosimilitud ni las actitudes de los personajes, el problema aquí es cómo plantean la discriminación entre géneros que influye en el espectador y desemboca en un hombre accesible y una mujer excéntrica a la que no entendemos, el yo masculino y el otro femenino. Me pregunto si no sería más interesante invertir los roles en vez de repetir el esquema; que fuera la mujer la que aprovechando la tesitura decidiera romper con las ataduras de la vieja sociedad. Una mujer robando arte y rompiendo cosas y un hombre inútil intentando casarse con ella. Al fin y al cabo, las ficciones del futuro siempre son reveladoras del presente y ésta es una serie de la Fox.

No sé cómo sigue la historia ni pienso averiguarlo. Quizás la serie es una crítica de todo lo que he comentado, pero si esa era la intención el primer capítulo es un fracaso. Si al menos recordara quién decía que estaba muy bien podría hacer caso omiso al resto de sus recomendaciones.

Fascinación

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Fascinación. Brian de Palma, 1976.

Una escena a mitad de película. Una muchacha llega nueva a la casa de su prometido. Curiosa y sola explora la mansión. Cuando llega a una puerta cerrada, pregunta a la sirvienta qué es esa habitación y si puede entrar. “Era el dormitorio del señor”, le responde, y sin mucho trámite le facilita la llave. Al volver, el ritmo de la cámara es lento, cautelosamente participamos del descubrimiento del lugar mientras el plano gira. Cuando completa la primera vuelta y pasamos el punto de partida el cuarto ya ha sido profanado: el armario está abierto con la ropa revuelta, la cómoda ha sido registrada y la muchacha nos lee el diario de la difunta esposa. Ese momento en el que nos creemos compartiendo el asombro de la prometida a ella le sirve para tomarnos ventaja fuera de plano. Se aprovecha de nuestra confianza (la confianza del espectador en lo que ve) y antes de que nos demos cuenta nos hace cómplices de una intromisión mucho mayor.

En esta escena de Palma establece ritmos diferentes y deja claro que el espectador no tiene ningún control: aunque pueda seguir la historia, los personajes están desbocados. Se reaviva la intriga y hace que nos distanciemos y sospechemos del personaje de la prometida.

Envidia

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Carnage. Roman Polanski, 2011.

Mi compañero de piso es un tipo muy sociable. Todos los lunes y jueves, salvo causa mayor, un amigo suyo viene a casa y hacen del salón un campamento urbano asentado en un cementerio de cocacolas. Cenan y ven los capítulos de la semana durante horas, y ni se te ocurra pedirles que pongan otra cosa. A veces, si estoy de humor, me uno y aprovecho para sisarles unos macarrones. Cuando deciden que ya es hora, uno se queda y el otro se va y santas pascuas. Pues no, santas pascuas ellos, aún quedan los restos de la acampada. Mi compañero recoge lo suyo y hace como que lo del amigo no va con él. Y allí estoy yo a la mañana siguiente recogiendo y poniendo a remojo la misteriosa fórmula azucarada que se ha quedado reseca en el vaso. A veces, si no estoy de humor, me veo limpiando las migas de la mesa de centro por enésima vez y se me llevan los demonios. Me acuerdo de Kate Winslet potando en la mesa de café llena de libros de mesa de café de Jodie Foster y me da envidia. Me visualizo a mí misma vomitando y dejando allí la sorpresa para quien venga. Pero me da la risa y se me pasa.

Paliza skin

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Caballero Luna #3, vol. 7. Warren Ellis, Declan Shalvey y Jordie Bellaire

En el #3 del vol. 7 de Caballero Luna éste se enfrenta a unos punkis-fantasmas que aterrorizan las calles de la ciudad. Pero no quiero hablar de la historia sino de un detalle que me cautiva. Warren Ellis combina el elemento “punki” y el elemento “fantasma” para llegar a la conclusión “paliza con cadenas”. Encaja tan bien que podría llorar.